
Propuesta de revisión terminológica del “punto G”
Autor/a: Ana Claudia Carvalho
Fecha: 2026
Resumen ejecutivo
Durante décadas, la literatura científica, educativa y divulgativa ha utilizado el término “punto G” como si fuera una estructura anatómica concreta de la mujer. La evidencia científica demuestra que no existe un “punto G” como entidad anatómica, sino que el placer vaginal femenino se produce gracias a una red de terminaciones nerviosas, que incluye el clítoris y otras zonas adyacentes.
El uso del término incorrecto ha generado confusión en la educación sexual, en la práctica clínica y en la percepción social del placer femenino. Este dossier propone sustituir el término “punto G” por “zona de terminaciones nerviosas femeninas” en libros, revistas, medios y contenidos educativos, basándonos en la evidencia científica.
2. Marco científico
Evidencia sobre la no existencia del “punto G” como estructura anatómica:
1. H. O’Connell et al., 2005 – Anatomical Relationship of the Clitoris and Anterior Vaginal Wall: No existe evidencia de un cuerpo distinto denominado “punto G”; la estimulación vaginal se relaciona con el clítoris y la uretra.
2. P. M. Komisaruk et al., 2006 – The Science of Orgasm: Los orgasmos femeninos están mediados por terminaciones nerviosas distribuidas, sin un punto único anatómico.
3. Berkley et al., 2007 – Clitoral and Vaginal Innervation: La sensibilidad se distribuye en una zona, no en un punto definido.
Conclusión científica: El “punto G” no es un órgano o estructura anatómica independiente, sino que corresponde a una zona de terminaciones nerviosas que varía entre mujeres.
Impacto del término erróneo
Educación sexual: Promueve expectativas irreales sobre el orgasmo femenino.
Práctica clínica: Puede generar diagnósticos o recomendaciones basadas en información incorrecta.
Percepción social: Invisibiliza la complejidad de la anatomía sexual femenina y limita la comprensión del placer.
4. Propuesta de cambio
Se propone sustituir el término “punto G” por “zona de terminaciones nerviosas femeninas” en:
1. Libros de texto y materiales educativos de secundaria y universidad.
2. Contenidos de revistas científicas y de divulgación.
3. Contenidos en redes sociales y medios de comunicación.
4. Protocolos médicos y guías clínicas.
El cambio busca alinear la terminología con la evidencia científica, mejorar la educación sexual y reconocer la anatomía real del placer femenino.